domingo, 23 de junio de 2013

sábado, 5 de diciembre de 2009

Primer Retiro de Jóvenes de Casa de Silencio

¿Cómo describir una experiencia que se enmarca en el lenguaje más profundo y expresivo de Dios? Ese lenguaje es el silencio.
Primero debemos hacer conciencia de la inhabitación divina; es un concepto que todo ser humano debería tener muy presente. Podemos entenderla como que Dios no es un ser ajeno que vive en el cielo y nos castiga y lleva notas sobre las cosas malas y buenas que hacemos. Dios vive en el interior de cada uno de nosotros.
Del sueño y oraciones del Padre Francisco nace la idea de hacer un retiro para jóvenes de Casa de Silencio y Camino Contemplativo Nazaret. Finalmente, el sueño se hizó realidad el pasado fin de semana. Dieciséis jóvenes de distintos lugares del centro del país nos reunimos en un maravilloso lugar en Valle de Bravo, estado de México. La casa San José del Valle.
El viernes recibimos a los jóvenes, muchos de ellos venían invitados u obligados por sus familias. La primera dinámica se llamó la "entrevista" una buena idea de nuestra compañera Laura. Consiste en romper el hielo entre los invitados. La pregunta más recurrente fue ¿qué esperas de este retiro? ¿Por qué estas aquí? La respuesta que mas me impacto, fue que cierta persona venía por el hartazgo del mundo. Otros, en cambio, querían conocer a Jesús. Así empezaron las primeras pláticas, la de silencio y condición humana. Ignoro lo que cada jóven pensaba, pero sé que Dios les habló directo a su corazón. Antes de cenar hicimos un ejercicio de relajamiento en la capilla de la casa. Después cenamos y cada quien a dormir.
El sábado fue un día muy intenso. Primero, hicimos oración en la capilla. Desayunamos y empezaron las pláticas del método de la oración centrante, en esta ocasión se dividieron en tres. Éstas fueron impartidas por Julio, Judith y Alma. Le doy gracias a Dios por la hermosa experiencia de ver a Alma compartiendo su formación con jóvenes. Ojalá y lo haga en varios retiros, y si Dios quiere, algún día pueda estar frente a un grupo enseñando esta maravillosa forma de oración. Después de las pláticas de Lectio hicimos una caminata al lago, en donde a todos nos impacto ver los parapentes, seguramente todos hemos soñado con volar y esa es una forma de lograrlo. Dos chavas querían subirse pero al saber el precio se les quitaron las ganas ($1,400 por dos horas). Regresamos a casa a comer.
La tarde inició con la Lectio Divina, antes de la Misa, leimos el Evangelio del 29 de diciembre (Lucas 21, 25-28. 34-36), en la parte final de éste decía: "Velen, pues, y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del Hombre". A las 5:00 pm estabamos listos para la Misa. Dado el exceso de trabajo de los sacerdotes costó un poco de trabajo encontrar uno que estuviera dispuesto a realizar la ceremonia. De hecho se consiguió, pero sólo tenía permiso de dar la Misa y regresar inmediatamente, no podía confesar a nadie. Para sorpresa de todos llegó un padre jóven, él mismo decía que nos mandaron a un monagillo y no a un padre. La Misa fue hermosa, su homilía igual, incluso oramos en silencio el Padre Nuestro, la comunión fue del cuerpo y sanfre de Cristo, y los que no pudimos comulgar, el Padre oró por nosotros.. Hubo algunas anécdotas curiosas como que en el sagrario no había hostías, asi que tuvimos que correr por una hermana para que nos bajaran unas de la Iglesia. Y así como a las 6:15 pm terminó la Misa...y sí el Padre confesó a algunas personas.
Las "clases" de Lectio continuaron para enseñar a hacer la rumia y demás. En lo que los jóvenes la compartían con Judith. Erik y yo empezamos a preparar lo que sería la "lunada contemplativa". En lo que encendíamos los leños salió un alacrán, seguramente le robamos su casa y el pobre insecto tuvo que ser sacrificado. Una vez que subieron los jóvenes no se les dijo nada sobre el tema para que no se asustaran y no quisieran sentarse. Abrimos el momento con el pasaje de Hechos sobre pentecostés y un fragmento de Romanos 8. Erik toca la guitarra así que se arrancó con cantos de invocación al Espíritu Santo, el plan original era cantar sólo 3 canciones, pero se pidieron más así que, el buen Erik, cantó y tocó durante ¡dos horas! Todo un concierto de alabanza a nuestro Señor. Mientras tanto todos los demás comimos bombones, con galletas marías y chocolate derretido y brindamos con rompope. Después de ese grato momento en el cual me enteré de la derrota del América, nos fuimos a dormir.
El domingo tenía que llegar con la despedida. Se cerró el tema de Lectio y se hizo un resumen general. Al final con la canción de "Coincidir" se abrió la dinámica de compartir las experiencias, ahí hubo de todo...en conclusión creó que Dios sí tocó el corazón de cada jóven, esperemos que sigan por este camino. Como siempre el retiro se cerró con "Color Esperanza". Al final, hubo una comida en la que ya se podía hablar, pero curiosamente reinó más el silencio jejeje.
¡Gloría a Dios por esta experiencia!
¡Bendice a todos los que participamos dentro y fuera para la organización de este retiro!
¡Qué sea el inicio de muchos más!

martes, 14 de abril de 2009

¡Ese octavo de los Romanos!

por Pedro García Misionero
La página cumbre de Pablo ¡Cuántas veces en nuestras pláticas hemos traído citas y más citas del capítulo octavo de la Carta a los Romanos! Es inagotable su riqueza. Hoy nos vamos a entretener sólo con esa página que constituye la cumbre de los escritos de Pablo. Empezó Pablo la carta exponiendo la tragedia del pecado.
Pero viene ahora la respuesta de Dios, y Pablo le asegura al cristiano: “El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece. Pero si Cristo está en ustedes, aunque el cuerpo haya muerto a causa del pecado, su alma está viva a causa de la santidad. Y si el Espíritu Santo que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, ese mismo Espíritu resucitará un día sus cuerpos mortales”.
¡Qué ánimo infunden estas palabras! ¿Hay que morir? Pues, ¡a morir!... Porque si resucitó Cristo, Cabeza nuestra, resucitaremos también nosotros. Y resucitaremos para no morir más, como Jesús, que, como ha dicho antes Pablo, “resucitando de entre los muertos, Cristo ya no muere más; con su cuerpo resucitado vive para Dios, eternamente como Dios” (Ro 6,9-10) Pasa Pablo después a decirnos algo grande, bello, consolador: No han recibido un espíritu de esclavos, para vivir con temor, sino que han recibido el espíritu de hijos, unos hijos adoptivos, pero verdaderos, espíritu que nos hace exclamar: ¡Abbá! ¡Padre! ¡Papá!...
Esto es sublime. ¿Podía cabernos en la cabeza el llamar así a Dios, Padre, Papá?... Pablo ha conservado aquí la palabra aramea “Abbá”, equivalente a nuestro cariñoso “Papá”. Así llamaba Jesús a Dios su Padre. Así nos enseñó a llamarlo nosotros con la primera palabra del Padrenuestro: ¡Papá! ¡Papá!... ¿Ha sido esta una ocurrencia de Pablo? No. El mismo Pablo nos asegura que esa manera de orar nos la está dictando, sin nosotros darnos cuenta, el mismo Espíritu Santo: Nosotros no sabemos cómo rezar; pero viene entonces el Espíritu Santo en ayuda nuestra, y es Él quien ora en nosotros con suspiros inefables, que nosotros mismos somos incapaces de expresar…

sábado, 11 de abril de 2009

La Santa Pascua

por Padre Meliton de Sardes, padre de la iglesia

Está era la Pascua que Jesús deseaba padecer por nosotros: con la Pasión librarnos de la pasión, con la Muerte vencer la muerte, y con el alimento invisible darnos su vida inmortal.

Éste era el deseo salvífico de Jesús, éste su amor enteramente espiritual: mostrar las figuras como figuras y, en su lugar, dar a los discípulos su sagrado cuerpo: tomad y comed esto es mi Cuerpo; tomad y bebed ésta es mi Sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos para remisión de los pecados (Mt, 26- 26-28). Por eso deseaba, más que comer la Pascua, padecerla, para librarnos de la pasión contraída comiendo.

Por eso, sustituyo un árbol por otro y, en vez de la mano perversa que al principio se extendió impíamente, deja enclavar su mano inmaculada con un gesto de piedad, mostrándose como la verdadera Vida colgada del árbol. Tú, Israel, no pudiste comer de él; nosotros, en cambio, con un conocimiento espiritual indestructible, comemos de él y no morimos (Génesis 1, 17; 3, 4-6)

Éste es, para mí, árbol de salvación eterna: de él me nutro y sacio. Por sus raíces hundo mis raíces, por sus ramas me expando, de su savia me emborracho, por su espíritu – como de un viento delicioso- soy fecundado. Bajo su sombra he plantado mi tienda y, huyendo de los grandes calores, encuentro un refugio lleno de rocío. Por sus flores florezco, con sus frutos me deleito y los tomo libremente porque están destinados a mí desde el principio.
Este árbol es alimento para saciar mi hambre, manantial para mi sed, vestido para mi desnudez; sus hojas son espíritu de vida, y nunca más hojas de higuera (Gn 3,7). Este árbol es mi protección cuando temo a Dios, mi báculo cuando vacilo, mi premio cuando combato y mi trofeo cuando venzo. Este árbol es para mi senda angosta y camino estrecho. Este árbol es la escala de Jacob y la vía de los ángeles, en cuya cima está verdaderamente apoyado el Señor.

Este árbol de dimensiones celestiales se eleva desde la tierra hasta los cielos, hincándose entre el cielo y la tierra como planta eterna, como sostén de todas las cosas y quicio del universo, como soporte del mundo entero y vínculo cósmico que mantiene unida a la mudable naturaleza humana, enclavándola con los clavos invisibles del Espíritu, para que, sujeta a la divinidad, no se separe más de ella.

Aunque llena el universo, el Señor se desvistió para luchar desnudo contra las potencias del aire. Y por un instante gritó que se apartase de Él ese cáliz, para mostrar verdaderamente que Él es también hombre, (Lc, 22, 42); Pero acordándose de su misión y queriendo cumplir el designio de salvación para el que había sido enviado, gritó de nuevo: no mi voluntad sino la tuya. En efecto, el espíritu está pronto, pero la carne es débil, (Mt 26, 41)

Como combatía una batalla victoriosa a favor de la vida, su sagrada cabeza fue coronada de espinas, borrando así la antigua maldición de la tierra y extirpando con su divina frente las copiosas espinas producidas por el pecado. Al beber después la amarga y ácida hiel del dragón, derramó las dulces fuentes que manan de Él.

Fueron crucificados con Él dos ladrones, que llevaban en sí las señales de los dos pueblos: uno de ellos se convierte mediante el agradecimiento, confiesa sinceramente sus culpas y se apiada de su Soberanos; el otro, en cambio, se rebela porque es de dura cerviz, no muestra agradecimiento ni piedad hacia su Señor y persiste en sus viejos pecados. Estos dos hombres manifiestan también dos sentimientos del alma: uno de ellos se convierte de sus antiguos pecados, se desnuda ante su Soberano y obtiene así, mediante la penitencia, misericordia y recompensa; el otro, en cambio, no tiene excusa, porque, al no querer mudar, permanece ladrón hasta el final.

Cuando terminó Cristo el combate cósmico, venciendo en todo y por todo, sin ser exaltado como Dios ni postrado como hombre, se quedo plantado, como límite de todas las cosas, como trofeo de victoria, llevando en sí mismo un triunfo contra ele enemigo. Entonces, frente a su larga resistencia, el universo se llenó de estupor; entonces, los cielos se conmovieron, y las potencias, los tronos y las leyes celestiales se estremecieron, al ver colgado al archiestratega de la gran milicia. Poco faltó para que los astros del cielo cayeran, al contemplar extendido a Aquél que es anterior a la estrella de la mañana, y durante algún tiempo la llama del sol se apago, viendo oscurecerse la gran luz del mundo. Entonces se quebraron las piedras (Mt 17, 51) de la tierra, para gritar la ingratitud de Israel: tú no reconociste la piedra espiritual que seguiste y de la cual bebiste (Cor 14,4)); se rasgó el velo del templo para participar en la Pasión y señalar al verdadero Sacerdote celeste. Por poco el mundo entero no fue aplastado y disuelto por el espanto ante la Pasión, si el gran Jesús no hubiese exhalado su divino Espíritu diciendo: Padre en tus manos encomiendo mi espíritu, (Lc, 23,46).

Y mientras todas las cosas eran turbadas y removidas por un estremecimiento de miedo, inmediatamente, al remontarse el divino Espíritu, el universo casi reanimado, vivificado y consolidado encontró su estabilidad.

lunes, 30 de marzo de 2009

El Amor en nuestros corazones. Derramado a torrentes

57. El Amor en nuestros corazones. Derramado a torrentes
Autor: Pedro García Misionero Claretiano

En un arrebato de los suyos, Pablo tiene unas palabras de fuego: “El amor de Cristo nos urge” (2Co 5,14), nos apremia, no nos deja parar. ¿Cuál es este amor?...
Lo aclara después en otra carta posterior, la de los Romanos: “Nadie nos podrá separar del amor de Dios que está en Cristo Jesús” (Ro 8,39)
Y esto, ¿por qué? Pues porque no se trata de un amor débil como puede ser el nuestro, sino el de Dios “que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Ro 5,5)
Viene ahora nuestro discurrir con multitud de textos de Pablo en un proceso que no falla.
El amor de Dios es uno solo.
El Padre ama con pasión divina a su Hijo Jesucristo. En Jesús, nos ama el Padre como a hijos suyos, porque nos ha hecho hijos en el Hijo.
Este amor suyo, el Padre lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que Él mismo nos dio.
Jesús nos ama como a hermanos suyos, como a miembros de su propio Cuerpo místico. Nosotros entonces nos amamos los unos a los otros como hermanos que somos y miembros del Cuerpo de Cristo.
Y viene por fin lo que tiene que suceder necesariamente: el amor no se puede quedar quieto.
Es fuego que consume.
Es viento huracanado que remueve todo.
Es fuerza que actúa sin cesar.
Volvemos al principio:
El Padre celestial nos crea por amor y por amor nos adopta como hijos suyos.
Jesús se entrega por nosotros y nos une a todos en Sí mismo como un solo cuerpo.
El Espíritu Santo, alma del Cuerpo místico de Cristo, nos hace amarnos a todos unos a otros, y con sus carismas y dones nos tiene en movimiento continuo para el desarrollo y expansión de todo el cuerpo hasta que llegue a su perfección final.
Nosotros, con ese “amor de Cristo que nos urge”, trabajamos de manera incansable por el bien y la salvación de todos.
En todo este párrafo -un poco oratorio si queremos-, no hay una sola palabra que no esté confirmada por un texto o varios textos de San Pablo, los cuales en su conjunto forman un himno grandioso a la Caridad: la caridad con que Dios nos ha amado, la caridad con que nosotros amamos a Dios, la caridad con que nosotros nos queremos como hermanos, la caridad que nos lleva a trabajar incansablemente por Dios y por todos los hombres. Al final, no tendremos más remedio que decir con el mismo Pablo: “El amor es el ceñidor de la perfección” (Col 3,14), la cadena fuerte que mantiene unidas todas las virtudes, y “la plenitud de la ley” (Ro 13,10). A quien tiene amor le sobra todo. ¿Nos ama Dios Padre? Es la primera pregunta que se nos puede ocurrir, y Pablo la responde de manera contundente: “Por el inmenso amor que nos tuvo” (Ef 2,4), “Dios envió a su Hijo para que recibiéramos la condición de hijos, de modo que ya no eres esclavo, sino que eres hijo” (Gal 4,5) Nos amó el Padre. ¿Y nos amó Jesucristo, el Hijo enviado por el Padre para salvarnos? “Cristo nos amó y se entregó por nosotros” (Ef 5,2), dice Pablo de una manera general. Pero después personaliza, y nos lo dice de manera ponderativa e inolvidable, para que cada uno repita sus mismas palabras: “¡Que me amó, y se entregó a la muerte por mi!” (Gal 2,20) ¡Por mí! Como si no hubiera en el mundo nadie más que yo. Igual que Jesucristo y el Padre, ¿nos amó también el Espíritu Santo?... Merecido este Don divino por la muerte redentora de Jesucristo, “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Ro 5,5) ¿Y el amor de los hermanos?... Pablo nos acaba de decir que el amor del Espíritu Santo ha sido derramado en el corazón de cada uno. Si todos tenemos el mismo Amor de Dios, que es el Espíritu Santo, entonces el desamor no cabe en un hijo de la Iglesia.
Asombra la grandeza del amor cristiano, nacido de la fuente única del “Dios que es amor” (1Jn 4,8) Pero Pablo no se detiene en indicar la fuente del amor que llevamos dentro, sino que señala además las exigencias que ese amor único de Dios impone a todos. ¿Nos exige algo el ser hijos de Dios? El Padre, haciéndonos hijos en su Hijo Jesús, nos ha infundido el amor filial, y con él le decimos, sin atrevimiento, sino con toda naturalidad: “¡Padre! ¡Abbá! ¡Papá!”. Nos sale espontáneo del corazón, y es el mismo Espíritu Santo quien nos empuja a llamar así a Dios con la oración (Ro 8,16-17) El amor a Jesucristo lo llevamos muy adentro del corazón, y mirando al Señor -lo mismo chiquitín en Belén, que en la Cruz o glorioso en el Cielo donde nos está esperando con impaciencia-, a nosotros no nos cabe en la cabeza eso de no amar a Jesucristo. La única frase de Pablo que casi tomamos a broma es aquella suya tan repetida: “El que no ame al Señor Jesucristo, que sea maldito” (1Co 16,22) Eso va para otros seguramente, no para nosotros… El querido Espíritu Santo, “amor de Dios derramado en nuestros corazones” (Ro 5,5), está volviendo hoy en la Iglesia a un puesto que nunca debiera haber perdido en la devoción de los cristianos. Estamos atentos a su voz, “a ver qué dice el Espíritu a las Iglesias” (Ap 2,7), para seguir sus indicaciones. San Pablo nos lo dice de aquella manera memorable: “Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Ro 8,14) Si ahora concluimos con la exigencia del amor a los hermanos, vemos a las tres divinas Personas metidas de lleno en este amor. ¿Hijos del mismo Padre?... ¿Miembros de Cristo y hermanos suyos? ¿Templos todos del Espíritu Santo, el animador de la Iglesia, cuerpo único de Cristo, hecha por el Espíritu “un solo corazón y una sola alma”?... (Hch 4,32) ¡Imposible el desamor! Imposible no amarse unos a otros. El amor llena de punta a punta todas las Cartas de San Pablo. Amor de Dios y a Dios en Cristo Jesús por el Espíritu Santo y derramado a todos los hombres. La palabra “Amor”, la caridad, es la palabra más rica que figura en el diccionario. Como que es la que define todo el actuar de Dios, porque Dios es amor…

miércoles, 4 de marzo de 2009

This is how you are to pray

Saint John of the Cross (1542-1591), Carmelite, Doctor of the Church
The Ascent of Mount Carmel Bk.III, ch.44 (trans. Kieran Kavanaugh and Ottilio Rodriguez)

Regarding other ceremonies in vocal prayers and other devotions, one should not become attached to any ceremonies or modes of prayer other than those Christ taught us. When his disciples asked him to teach them to pray [Lk 11,1], Christ obviously, as one Who knew so well his Father's will, would have told them all that was necessary in order to obtain an answer from the Eternal Father; and, in fact, he only taught them those seven petitions of the Our Father, which include all our spiritual and temporal necessities, and he did not teach numerous other kinds of prayers and ceremonies. At another time, rather, he told them that in praying they should not desire much speaking because our heavenly Father clearly knows our needs.

He only charged us with great insistence to persevere in prayer - that is, in the Our Father - teaching in another place that one should pray and never cease. [Lk.18:1] He did not teach us a quantity of petitions but that these seven be repeated often, and with fervor and care. For in these, as I say, are embodied everything that is God's will and all that is fitting for us. Accordingly, when His Majesty had recourse three times to the Eternal Father, all three times he prayed with the same petition of the Our Father, as the evangelists recount: «Father, if it cannot be but that I drink this chalice, may your will be done.» [Mt. 26: 42]

And he taught us only two ceremonies for use in our prayers. Our prayer should be made either in the concealment of our secret chamber [Mt 6: 6] where without noise and without telling anyone we can pray with a more perfect and pure heart... Or, if not in one's chamber, in the solitary wilderness, and at the best and most quiet time of night, as he did. [Lk. 6:12]

viernes, 27 de febrero de 2009

Soy dueño de mi silencio y esclavo de mis palabras

Lucas 1,5-25:
Cultivar el silencio creador… como preparación para expresar la palabra
Autor: Padre Llucià Pou Sabaté





Texto del Evangelio (Lc 1,5-25):

Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote, llamado Zacarías, del grupo de Abías, casado con una mujer descendiente de Aarón, que se llamaba Isabel; los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin tacha en todos los mandamientos y preceptos del Señor. No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos de avanzada edad.

Sucedió que, mientras oficiaba delante de Dios, en el turno de su grupo, le tocó en suerte, según el uso del servicio sacerdotal, entrar en el Santuario del Señor para quemar el incienso. Toda la multitud del pueblo estaba fuera en oración, a la hora del incienso. Se le apareció el Ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verle Zacarías, se turbó, y el temor se apoderó de él. El ángel le dijo: «No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada; Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan; será para ti gozo y alegría, y muchos se gozarán en su nacimiento, porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, y a muchos de los hijos de Israel, les convertirá al Señor su Dios, e irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto».

Zacarías dijo al ángel: «¿En qué lo conoceré? Porque yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad». El ángel le respondió: «Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena nueva. Mira, te vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no diste crédito a mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo».

El pueblo estaba esperando a Zacarías y se extrañaban de su demora en el Santuario. Cuando salió, no podía hablarles, y comprendieron que había tenido una visión en el Santuario; les hablaba por señas, y permaneció mudo. Y sucedió que cuando se cumplieron los días de su servicio, se fue a su casa. Días después, concibió su mujer Isabel; y se mantuvo oculta durante cinco meses diciendo: «Esto es lo que ha hecho por mí el Señor en los días en que se dignó quitar mi oprobio entre los hombres».

Comentario:

Cuenta Ignasi Fuster que ante lo “sobrenatural” del nacimiento de Juan el Bautista, Zacarías no manifiesta en el momento oportuno la visión sobrenatural de la fe: «¿En qué lo conoceré? Porque yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad» (Lc 1,18). ¿Pone a prueba a Dios? ¿Habla por hablar? ¿Tiene la mirada excesivamente humana? ¿Le falta la docilidad confiada en los planes de Dios?, no sabemos, la cuestión es que habla cuando “no toca”, y ha de tener un “aprendizaje” para desempeñar mejor su misión. “Soy dueño de mi silencio y esclavo de mis palabras”, decía la canción del grupo “Héroes del silencio”. A veces hablar es no poner atención, estar “despistado”, es decir “fuera de la pista”, y hay que volver a la pista, dejar de estar “fuera de juego” y volver al juego. Es decir, estar preparados para la Navidad, mantener la presencia de Dios a lo largo del día, y para ello –he leído lo que sigue estos días en Internet- tener “El arte de callar”: Muchas veces basta una mirada. Una mirada sostenida. Tus ojos sobre los ojos del otro. Adivinar el significado de los brillos. Leer el futuro inmediato más allá de la pupila. Quieres decir muchas cosas, pero aguántate las ganas. Aprieta los labios. Permite que las ideas circulen sin que salgan al exterior. Alarga el espacio entre las preguntas y las respuestas. Deja que los músculos se dibujen en el rostro. Espera una señal de alerta. Mantén la respiración. Piensa que el otro también piensa. Analiza. Espera.

Es importante la economía de las palabras: Una virtud que no es exclusiva de las monjas de clausura. Un juego que practican los que saben hacerse los locos. Los que entienden que no todos los interrogantes necesitan una respuesta. Que la solución no siempre llega al abrir la boca. ¿Por qué decirlo todo? ¿Por qué no conservar en el interior una dosis de lo que se piensa? ¿Por qué no convertir en secreto algunas de las ideas que hacen su aparición sin previo aviso, al menos con la ilusión de que el tiempo las madure y las transforme en ideas más duraderas?

¿Por qué no entender, de una vez, que la palabra jamás logrará ser tan rápida como el cerebro? ¿Y que no todo lo que cruza por la mente puede convertirse en palabras? Entender que también se puede hablar con el gesto. Que… el silencio a veces grita. Se guarda silencio en los hospitales, en las salas de velatorios, en los actos solemnes… Se guarda silencio por pudor, por respeto, por dolor... Se guarda silencio por el dolor que es incapaz de convertirse en llanto. Silencio cuando el llanto se agota, y agota al que llora…

Habría que aprender a callar sin otro motivo que la propia voluntad. Callar para escuchar. Callar para mirar. Callar para aprender. Callar para callar. Callar, para convertir el silencio en un cómplice. Para saber si el eco existe. Callar, porque no todo lo que nos conviene escuchar nos lo dicen al oído, con la intimidad de una confesión, con el volumen de un grito, con el acento de las grandes revelaciones. Callar, para comprender que el silencio es el antifaz de los sonidos más hermosos… Manejar el silencio es más difícil que manejar la palabra (Clemenceau).

El silencio es necesario para escuchar a Dios, para oírle. "Si escuchas la voz de Dios, no endurezcas tu corazón”. Y dice también la Escritura: "Envía tu luz y tu salvación" (Salmo 34). Hemos de pedir luz para descubrir nuestra situación, sin preocuparse mucho si nos equivocamos, pero aprendiendo de la experiencia, y si es necesario hacer “dieta” de hablar, “ayuno” de palabras, para mejorar en los planes y proyectos. Silencio, para considerar la Presencia, no la ausencia. ¿Para pensar? Sí, y aún mejor: para oír a Dios en mí. Establecer momentos en los que vamos a una isla desierta, para tener en ese oasis paz de ruidos, y encontrarse a uno mismo con sinceridad, atreverse a ello…

Soy dueño de mi silencio y esclavo de mis palabras

Lucas 1,5-25:
Cultivar el silencio creador… como preparación para expresar la palabra
Autor: Padre Llucià Pou Sabaté





Texto del Evangelio (Lc 1,5-25):

Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote, llamado Zacarías, del grupo de Abías, casado con una mujer descendiente de Aarón, que se llamaba Isabel; los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin tacha en todos los mandamientos y preceptos del Señor. No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos de avanzada edad.

Sucedió que, mientras oficiaba delante de Dios, en el turno de su grupo, le tocó en suerte, según el uso del servicio sacerdotal, entrar en el Santuario del Señor para quemar el incienso. Toda la multitud del pueblo estaba fuera en oración, a la hora del incienso. Se le apareció el Ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verle Zacarías, se turbó, y el temor se apoderó de él. El ángel le dijo: «No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada; Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan; será para ti gozo y alegría, y muchos se gozarán en su nacimiento, porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, y a muchos de los hijos de Israel, les convertirá al Señor su Dios, e irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto».

Zacarías dijo al ángel: «¿En qué lo conoceré? Porque yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad». El ángel le respondió: «Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena nueva. Mira, te vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no diste crédito a mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo».

El pueblo estaba esperando a Zacarías y se extrañaban de su demora en el Santuario. Cuando salió, no podía hablarles, y comprendieron que había tenido una visión en el Santuario; les hablaba por señas, y permaneció mudo. Y sucedió que cuando se cumplieron los días de su servicio, se fue a su casa. Días después, concibió su mujer Isabel; y se mantuvo oculta durante cinco meses diciendo: «Esto es lo que ha hecho por mí el Señor en los días en que se dignó quitar mi oprobio entre los hombres».

Comentario:

Cuenta Ignasi Fuster que ante lo “sobrenatural” del nacimiento de Juan el Bautista, Zacarías no manifiesta en el momento oportuno la visión sobrenatural de la fe: «¿En qué lo conoceré? Porque yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad» (Lc 1,18). ¿Pone a prueba a Dios? ¿Habla por hablar? ¿Tiene la mirada excesivamente humana? ¿Le falta la docilidad confiada en los planes de Dios?, no sabemos, la cuestión es que habla cuando “no toca”, y ha de tener un “aprendizaje” para desempeñar mejor su misión. “Soy dueño de mi silencio y esclavo de mis palabras”, decía la canción del grupo “Héroes del silencio”. A veces hablar es no poner atención, estar “despistado”, es decir “fuera de la pista”, y hay que volver a la pista, dejar de estar “fuera de juego” y volver al juego. Es decir, estar preparados para la Navidad, mantener la presencia de Dios a lo largo del día, y para ello –he leído lo que sigue estos días en Internet- tener “El arte de callar”: Muchas veces basta una mirada. Una mirada sostenida. Tus ojos sobre los ojos del otro. Adivinar el significado de los brillos. Leer el futuro inmediato más allá de la pupila. Quieres decir muchas cosas, pero aguántate las ganas. Aprieta los labios. Permite que las ideas circulen sin que salgan al exterior. Alarga el espacio entre las preguntas y las respuestas. Deja que los músculos se dibujen en el rostro. Espera una señal de alerta. Mantén la respiración. Piensa que el otro también piensa. Analiza. Espera.

Es importante la economía de las palabras: Una virtud que no es exclusiva de las monjas de clausura. Un juego que practican los que saben hacerse los locos. Los que entienden que no todos los interrogantes necesitan una respuesta. Que la solución no siempre llega al abrir la boca. ¿Por qué decirlo todo? ¿Por qué no conservar en el interior una dosis de lo que se piensa? ¿Por qué no convertir en secreto algunas de las ideas que hacen su aparición sin previo aviso, al menos con la ilusión de que el tiempo las madure y las transforme en ideas más duraderas?

¿Por qué no entender, de una vez, que la palabra jamás logrará ser tan rápida como el cerebro? ¿Y que no todo lo que cruza por la mente puede convertirse en palabras? Entender que también se puede hablar con el gesto. Que… el silencio a veces grita. Se guarda silencio en los hospitales, en las salas de velatorios, en los actos solemnes… Se guarda silencio por pudor, por respeto, por dolor... Se guarda silencio por el dolor que es incapaz de convertirse en llanto. Silencio cuando el llanto se agota, y agota al que llora…

Habría que aprender a callar sin otro motivo que la propia voluntad. Callar para escuchar. Callar para mirar. Callar para aprender. Callar para callar. Callar, para convertir el silencio en un cómplice. Para saber si el eco existe. Callar, porque no todo lo que nos conviene escuchar nos lo dicen al oído, con la intimidad de una confesión, con el volumen de un grito, con el acento de las grandes revelaciones. Callar, para comprender que el silencio es el antifaz de los sonidos más hermosos… Manejar el silencio es más difícil que manejar la palabra (Clemenceau).

El silencio es necesario para escuchar a Dios, para oírle. "Si escuchas la voz de Dios, no endurezcas tu corazón”. Y dice también la Escritura: "Envía tu luz y tu salvación" (Salmo 34). Hemos de pedir luz para descubrir nuestra situación, sin preocuparse mucho si nos equivocamos, pero aprendiendo de la experiencia, y si es necesario hacer “dieta” de hablar, “ayuno” de palabras, para mejorar en los planes y proyectos. Silencio, para considerar la Presencia, no la ausencia. ¿Para pensar? Sí, y aún mejor: para oír a Dios en mí. Establecer momentos en los que vamos a una isla desierta, para tener en ese oasis paz de ruidos, y encontrarse a uno mismo con sinceridad, atreverse a ello…